¿Estoy o soy enfermo?

La enfermedad y la salud se oponen una a la otra?
Una visión diferente de la enfermedad



Salud y enfermedad son palabras que describen realidades aparentemente irreconciliables, estados que no se pueden dar simultáneamente en una misma persona. ¿Será verdad?

Aplicando el concepto de los opuestos complementarios, Yin y Yang a la cuestión de la enfermedad y la salud, los Orientales consideran que el enfermo, mientras esté con vida, tiene algo de salud, mientras el “sano”, cualquier sea la definición que le damos a este ideal, contiene en su ser la posibilidad de la enfermedad.

En Occidente, sólo la enfermedad que se puede nombrar, catalogar, tiene estatus de enfermedad. Si me siento mal pero no se puede detectar en mi organismo señales tangibles, medibles de una alteración que coincida con algún síntoma o síndrome que ya fue nombrado, reconocido, la medicina Occidental habla de trastorno psicológico, o psicosomático, algo que suena menos grave, de menor importancia, que si se pudiera catalogar mi malestar bajo el rótulo de alguna enfermedad conocida.

En Oriente, tradicionalmente, el modelo es diferente. En lugar de medir y catalogar, intentando descartar lo subjetivo para llegar a la verdad, científica y objetiva, se parte de la idea de una alteración en la circulación de la energía, que se manifiesta primero en general como una sensación subjetiva de malestar, antes de que aparezcan alteraciones en el organismo.

Sentirse sano se traduce por una sensación de paz, de armonía. Cuando esto se altera, se rompe, si logro captar mi malestar, tomar conciencia de que algo me está alejando del estado de salud, puedo actuar antes de que el desequilibrio se instale y se profundice. Si me tomo el trabajo de ser testigo de mi propia experiencia, estando deliberadamente atento y conciente frente a mis propias reacciones, aprendo a conocerme y puedo aprovechar todas las alteraciones reconociéndolas como señales de que necesito realizar algún cambio, hasta sentirme mejor. Mediante ajustes en la dieta, en la actividad, recibiendo sesiones de masaje con enfoque terapéutico o de acupuntura, tomando decisiones que me alinean con mi propósito real en la vida, puedo volver a sentir bien. La medicina occidental, con su afán de deshacerse de cualquier dolor o malestar rápidamente, mediante la ingesta de algún medicamento que anule estas sensaciones, priva a quien la sigue sistemáticamente de una guía valiosa para mantenerse saludable. Si tapo el síntoma, pierdo la conexión con mi brújula interno, que me podría indicar cuál es el camino a seguir para atravesar esta tormenta.

Por otra parte existe un factor karmico, de destino, frente al cual sólo me queda inclinarme y adaptarme, aunque el desenlace sea fatal. Nuestro destino común, la muerte, no se considera como un fracaso de la medicina, sino como parte del ciclo de la vida. Si logramos vivir con agradecimiento el tiempo que nos es impartido, atravesando las circunstancias que nos tocan con la mayor fluidez posible, somos sanos, aunque estas circunstancias impliquen enfermedades. Mientras que si nos sentimos constantemente alterados e infelices, aunque no tengamos ninguna enfermedad, perdemos el contacto con la salud.

La macrobiótica considera que la causa de la enfermedad se halla en la arrogancia y distingue entre dos tipos de la arrogancia: yin y yang. En la arrogancia yin uno se siente víctima, todo lo abruma, no va a poder, no lo logra, mientras que el tipo yang lo puede todo, es el mejor, nada lo va a vencer, es él que controla su entorno y su vida. Ambas actitudes conducen a la rotura de la armonía.

Identificarse con un estado
La mente tiene una fuerza muy poderosa en cuestiones de enfermedad y salud. Una vez que sé lo que tengo, que mi malestar ha sido reconocido y nombrado, la mente tiene elementos para crear una respuesta que modificará toda la química de mi organismo.

Si sé que padezco de una enfermedad considerada benigna, aparece un cierto alivio, aunque sigan estando los síntomas. Al contrario si me han detectado algo “malo”, aunque asintomático, es casi inevitable que se instale un poderoso desasosiego, que costará mucho trabajo poder desarraigar.

Se observa en ciertas personas un apego peligroso hacia la enfermedad, sintiéndose dignificados por el hecho de estar enfermos.